SONATA 111

 

Caían las notas de la partitura cada vez que la niña intentaba tocar la música allí escrita. Las recogía sobre las teclas y las volvía a colocar en el pentagrama. Luego, pasaba sus dedos sobre las notas para asegurarse que no sobresalían del papel y que habían quedado integradas, sacudía la partitura para una vez más confiar en la permanencia del do, re, mi, fa, sol, la, si, en el papel.

De nuevo iniciaba la melodía. Y otra vez iban cayendo las notas. Harta de perder el tiempo recogiendo y pegando las fusas, semifusas, negras, blancas, tresillos, redondas y corcheas, siguió tocando la partitura, ya que sólo iban cayendo aquellas notas que sonaban en el teclado. La sonata para piano número 32, opus 111, de Beethoven, contenía tal cantidad de notas que impedían a la niña pulsar las teclas cubiertas por todos aquellos símbolos musicales. Así, que una vez más recogió las notas y las volvió a colocar en su lugar. Luego se ingenió un sistema de visera sobre el teclado para que las notas no cubrieran el marfil y la caoba. De nuevo, perseverantemente, la niña voluntariosa inició aquella sonata que tanto le gustaba, y claro, una vez más caían y caían del pentagrama todas las notas que iban sonando. Pero el ingenio de la niña evitaba que el teclado quedara cubierto de la fugitiva escritura musical, aquel artilugio hecho de una bandeja para servir café, te y galletas en una tarde de domingo, apoyado sobre el soporte de la partitura y sujeto con una taza llena de leche, se había convertido en su salvación.

 

Transcurrido un buen rato, al comienzo de aquella estrofa donde la música de Beethoven se avanza en ochenta años al Ragtime de Nueva Orleáns, el peso de todas aquellas notas sobre la bandeja la hizo ceder, a pesar de la ayuda que la taza parecía ejercer en el equilibrio de la partitura. Aquel montón de notas negras se desparramaron sobre el teclado otra vez y la taza de leche vació su contenido sobre ellas. Despavorida, la niña observaba cómo el blanco de la leche teñía todas las notas que habían quedado mojadas.

 

Desesperada y al límite de su paciencia, se propuso un nuevo intento de voluntad y persistencia. Retocó cada una de las notas y teclas con tinta negra, y sujetó la bandeja con unos sargentos al soporte de la partitura. Pensó, dentro de sí, que aquel sería su último intento.

 

Más inspirada y concentrada en expresar lo mejor de aquella música escrita por aquel gran compositor que tanto adoraba, inició la lectura pianística con entusiasmo. Cómo no, las notas iban cayendo sobre la bandeja, esta vez capaz de soportar el peso de toda la música escrita por Beethoven.

 

Pero ocurrió que se iban amontonado sobre la bandeja construyendo un montículo de notas que iba creciendo hasta llegar a impedir la visibilidad de la partitura, incluso, dificultaba el cambio de página. En uno de esos movimientos, el brazo de la niña, derrumbó aquel montículo negro que cayó sobre el teclado de nuevo.

 

Pero para más INRI, un fuerte viento entró por la ventana abierta de la habitación y se llevó todas las notas que se habían desprendido de la partitura. Ahora, tenía el teclado descubierto y el resto de la partitura que aún quedaba por interpretar. Se dispuso a seguir tocando aquel final de la sonata, pero como había repetido tantas veces desde el principio aquella música, ya se la sabía de memoria, así que empezó sin necesidad de leer aquella partitura sin notas. Al llegar a la parte donde habían permanecido las notas, éstas, se desprendían sobre la bandeja. Eran tan pocas las que quedaban en la partitura que tuvo tiempo de terminar la sonata de Beethoven sin más contratiempos.

 

Aquella música había quedado grabada en su memoria para siempre sin necesidad de leer la partitura. Aún así, colocaba en el atril la partitura abierta con sus páginas en blanco como ejemplo de su esfuerzo, persistencia y voluntad en conseguir aquello que más deseaba en su vida, interpretar la música de su músico preferido.