QUINCY

 

Quincy, esperaba entre las sábanas revueltas de su cama una llamada en su móvil. Acababa de leer el último sueño de Ágata. A ella le gustan las piedras, tanto, que al nacer deseó tener nombre de una de ellas, la más preciosa. Su deseo fue tal, que sus padres decidieron, sin saber de los poderes mentales de su hija, el nombre que ella quería. Entre muchos de sus poderes está el soñar despierta hasta tal punto que todo se convierte en realidad a los pocos días. Quincy, lo sabe. Por eso se inquieta, está impaciente por entrar en ese cuadrilátero de pasión que describe Ágata. Usar los guantes hasta que se fundan en la piel de ella, ser golpeado por sus senos, mordido su sexo, sabiendo que sus labios púbicos le envolverán la herida. Mientras piensa en todo ello, observa que no todos los pliegues de la sábana tienen los mismos relieves ondulados tan parecidos a los estudios de falda de una madona orante que realizara Leonardo. Sobresale su excitación. Su mano recorre el cuerpo cubierto aún por las sabanas buscando el punto culminante dónde se concentra toda su sangre convertida en deseo. Enfundado su miembro en el tejido sedoso de la sábana siente la presión de la mano de Quincy, en su otra mano aprieta el celular deseando que Ágata decida llamarle. Sus movimientos son rítmicos, poco a poco se vuelven ansiosos. Aunque quiere prolongar esos instantes de placer, la imagen que recuerda de los ojos de Ágata, sus labios, su escote, le impiden lo inevitable. Su sudor corporal se ha mezclado con el sudor seminal que aparece en la sábana alrededor de sus genitales. El móvil siente reducir su estrangulamiento. Las manos de Quincy dejan en libertad a sus rehenes. Ya en el baño, mientras la espuma del jabón se mezcla y disuelve el esperma enredado entre rizos que llegan hasta su ombligo, medita…¿Será él, rehén de los sueños de Ágata?