LA VIDA DE FRANCISCO ARÉVALO BERMEJO

 

Esta es la historia de un niño superdotado al que se descuidó en su infancia debido a la ignorancia que reinaba a su alrededor y que murió a los 40 años de edad, dejando una muestra de sus dotes para que otro las calzara.

Francisco, que así se llamaba nuestro infante, nació en 1898, en un pueblo segoviano adornado con murallas medievales, Pedraza, que fue sitio de paso de grandes personalidades, como artistas, nobles y monarcas, en los siglos XVI y XVII.

En la época que creció Francisco, los habitantes de Pedraza empezaron a emigrar a la capital, perdiendo la población el intercambio intelectual que la había enriquecido en otros tiempos.

Sus padres eran expertos en la confección de tejidos con la lana que producían sus rebaños de ovejas merinas, reconocidas en Europa por su excelente calidad, pero una fatal epidemia se llevó a sus padres dejando a nuestro personaje huérfano de amor y protección.

Fue enviado a Segovia donde vivían sus parientes más cercanos. Así que tuvo que abandonar sus correrías alrededor de las murallas, que cada día realizaba con los pies descalzos, como queriendo huir del cerco a sus inquietudes y conocer otros lugares donde alimentar su curiosidad.

Tan sólo tenía 8 años, pero ya entonces demostraba ciertas habilidades manuales, cosiendo y remendando su propia ropa. Como era un ser solitario, nadie se daba cuenta de su destreza, pues solía hacerlo a escondidas y parecía que más bien era cuidadoso con sus vestidos, pues nunca vieron un roto en sus pantalones o camisa, lo que era costumbre en otros niños de su edad.

Sus tíos maternos, los Bermejo, que poseían una tienda de alpargatas en el centro de la ciudad, lo acogieron, lo calzaron y le enseñaron su ofició, del que eran buenos artesanos. Probablemente su descendencia judía les dotaba de esa capacidad y destreza conocida en los gremios obreros sefardíes. Sin embargo adolecían de otra cualidad característica de los judíos: su capacidad para los negocios. Transcurrieron varios años en los que no supieron adaptarse a los cambios que la nueva industria del calzado estaba creando, con nuevos materiales como la goma para las suelas y terminaron por cerrar la tienda, siendo así que Francisco se vio obligado a emprender un nuevo horizonte laboral.

Maleta en mano y alpargatas en los pies, se fue a Madrid. El aspecto de Francisco, que delataba su procedencia rural -tez curtida, cejas pobladas cercanas al nacimiento frontal de su cabello, las orejas sumisas al límite de inexistentes patillas, nariz de ave salvaje y labios en plegaria silenciosa- lo relegaría a trabajos poco cualificados y mal pagados, por lo que empezó a enmascarar su vida y maquillar su carácter, volviéndose huraño, desconfiado y melancólico.

Deambuló por los núcleos de mayor actividad nocturna, iniciándose en los despertares sexuales turbios y a escondidas que le ofrecía la ciudad. Vivía en una pequeña estancia que compartía en la casa de unos amigos de sus tíos, y sus trabajos no duraban mucho, pues le asqueaba la precariedad de su sueldo y prefería variar de empresa para no entregar toda su dignidad a un solo amo.

Pero en Francisco se escondía una capacidad de aprendizaje ágil, como delataba su mirada certera, que tras una observación atenta y calculada de la situación se abalanzaba decidido hacia el objetivo escogido. Fue en sus salidas nocturnas cómo vislumbró mejorar su porvenir. A altas horas de la madrugada salían de los burdeles los empresarios y hombres de negocios dejando atrás sus frívolas evasiones, para empezar una nueva jornada de aparente rectitud moral. Francisco se dio cuenta que podía mejorar el aspecto de esos hombres lustrando sus polvorientos zapatos, que al salir de los locales nocturnos habían perdido su reluciente apariencia y dignidad.

Consiguió con su destreza manual fabricar una caja con apoya pies, complementada con un compartimento para el cepillo y el betún, mostrándosela al posible cliente y ofreciendo su servicio modestamente con una tímida sonrisa, quizá la única que aparecía en su rostro en todo el día.

De su observación diaria de los diferentes personajes a los que lustraba sus zapatos, fue conociendo el nuevo mundo que se avecinaba, gobernado por las corbatas de Jesse Langsdorf que sustituían las clásicas “pajaritas” del frac, estilos muy diferentes al suyo, ya que no pertenecía a ninguna de las modas del vestir masculino, más bien la del botón abrochado al cuello, siempre al límite del ahogamiento, sin un lazo identitario que le distinguiera del resto. Su distinción era poseer una mente que sabía discernir el mundo que le rodeaba, tenía la clarividencia del devenir humano pero al mismo tiempo su absoluta falta de autoestima le provocaba un sentimiento de impotencia y temor al juicio ajeno, debido a la descuidada formación en su infancia.

Cuando uno de sus clientes se ofreció a retratarle como gratitud a su bien hacer y a no faltarle nunca en la higiene de sus zapatos, sintió cierto sonrojo existencial, temiendo ser documentado para la historia y favorecer así los juicios infundados sobre su persona. Finalmente su amigo insistió y consiguió hacerle el único retrato que hoy disponemos de él.

Cuando Francisco reunió suficiente dinero se marchó, harto de la gran ciudad, a Mequinenza, en la provincia de Zaragoza, y allí alquiló un pequeño local para instalarse como zapatero. Su clientela eran trabajadores y obreros de condición muy humilde a los que por muy poco dinero les arreglaba el calzado y a los que también confeccionaba sus tan añoradas alpargatas. Se sentía a gusto al lado de aquellos seres apacibles y sencillos que se estaban movilizando en asociaciones obreras, como la CNT, a la que él también se unió para cambiar el rumbo de lo que se avecinaría muy pronto: la guerra civil española.

Su vida terminó en las trincheras de la batalla del Ebro. Se le encontró boca abajo, con el barro cubriéndole la cara, junto al resto de sus compañeros muertos.

Francisco era el único al que habían despojado de sus botas, quizás por ser las más relucientes de todas.