LA ÚLTIMA LLAMADA DE LA NOCHE

 

— ¿Si?

— Hola Susan.

  • Ha, hola Albert.
  • Tendría que decir que siento llamarte a estas horas. Pero no es lo que pienso.
  • Siempre tan sincero, ¿verdad?
  • Sabrás que hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: “Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias”. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer. Tu lo debes saber, hace mucho que no la visitaba.
  • Hace mucho que no te interesabas por ella. Qué más te da saber si murió ayer, hoy o hace dos semanas.
  • Era mi madre, ¿no?
  • A sí, claro, el hijo que acabó desquiciándola, a la que torturabas con tus desprecios, haciéndole la vida imposible. Siempre inquieta por saber dónde estabas, en qué lío te habrías metido. El hijo que consiguió despojarla de su dignidad como madre cuando ingresaste en prisión, y que finalmente terminó en un asilo, después de la discusión que tuvisteis y que supuso el derrame cerebral que la dejó imposibilitada. ¿Qué hijo haría eso a su madre?
  • ¿Un hijo que nunca tuvo su amor, su atención, el afecto que me hubiera dado la autoestima suficiente para creer en mí y no tener que buscar en otros entornos el aprecio y respeto que finalmente encontré?.
  • Claro, tus amigos, la pandilla de degenerados que secuestraron y violaron a aquella mujer, que podría haber sido nuestra madre. ¿Era tu revancha? ¿Era a mamá a quien querías humillar? ¿Sentías que te vengabas de ella cuando violaste a aquella pobre víctima?
  • Ja, ja, ahora resulta que eres la Doctora Freud. Sabes que nunca se demostró que yo estuviera implicado en ello. Me pasé 2 años en la cárcel injustamente. Que fueran mis amigos y compartiera la mayor parte del día con ellos no debió ser nunca un motivo para inculparme. Aunque ellos me respetaran y creyeran en mis decisiones, sus actos nacían de sí mismos. Yo era un padre para ellos. Éramos una familia y como tal luchábamos para sobrevivir unidos ante esta sociedad de mierda.
  • Eso no es lo que nos inculcaba nuestra madre. Siempre quiso despertar en nosotros el aprecio por la belleza de la naturaleza, las creaciones del arte, la danza, la filosofía de las religiones budistas. Los sentimientos más puros, la sensibilidad. ¿Recuerdas aquella noche que nos hizo levantar de la cama para mirar por la ventana y observar la delgada curva de la Luna con Venus a su lado? Ella dijo que aquel día la Luna se convirtió en la cuna de Venus a la que el resto de estrellas le cantaban nanas para adormecerla. Y a ti lo único que se te ocurrió decir es que era el pecho de una mujer a la que le brillaba intensamente el pezón. Se te quedó mirando sin decir nada, seguramente decepcionada por una lectura tan vulgar que ya hacía presentir tus inclinaciones malsanas.
  • Esa era mi percepción poética, no una mirada sucia de la mujer, era mi deseo frustrado de no tener un regazo materno.
  • ¿Quien hace ahora de Freud? Ahora resulta que mamá es la culpable de tu irresponsable vida de callejero delincuente, cuando nunca se cansó de llevarnos a los museos y comentarnos las obras que allí se exponían, abriéndonos un mundo mágico que descubrir.
  • Lo que yo deseaba era que me hablara con sus brazos, no con palabras, sentirme recogido por su sensibilidad, no mostrármela fuera de ella. Me dolía cuando te cogía de la mano mientras conmigo se limitaba a indicarme a dónde ir. No quería consejos para admirar, quería que me mirara. Pero no, sólo tenía ojos para ti, la dulce, comprensiva y atenta Susi. Te he odiado hasta repugnarme a mi mismo de tanto resentimiento. Fuiste el obstáculo que me privó de mostrarle toda la sensibilidad que yo era capaz de percibir. De cuanto vibraba mi alma deseoso de una caricia suya. ¡La necesitaba tanto!...
  • ...¿Estás llorando Alber?
  • Sí, ¡lloro!, ¡lloro! ¿También quieres ahogar mi grito? Tantas veces he llorado en mi habitación silenciándome con la almohada para que nadie lo supiera. Mamá, ¿me oyes? ¿dónde estás? No vuelvas a ignorarme, ¡te lo suplico!
  • Nunca te vi llorar, tampoco ahora, sólo escucho tus gemidos, como siempre, sabiendo de ti en la distancia, en voz de otros o a través de las noticias de sucesos. Cuánto daño nos hiciste. Desde que murió papá la vida de mamá fue un calvario que sólo conseguía calmar a través del arte y la poesía mientras tú crecías en rebeldía, desobediencia y obstinación. Éramos muy pequeños para entender la muerte de nuestro padre, quizás esa sensibilidad de la que tanto hablas ahora fue la causa que cambió el rumbo de tu vida, no aceptar que papá se fuera, que mamá no quisiera compartir su amor por nadie más que no fuera él. Así me convertí en su escudo ante el mundo, frente a ti, renunciando a mis sentimientos. Debes saber y me duele en el alma decírtelo, que nunca percibí su amor y en el fondo a quien más quería fue a ti, porque se daba cuenta de tu profunda delicadeza, tu latente bondad y necesidad de cariño, pero que su abnegada entrega por nuestro padre jamás le permitió expresar con ternura todo el amor que realmente sentía por ti...¿Estás ahí? Alber, ¿qué son esos ruidos? ¡Por Dios Alber! ¿dónde estás? ¡Alber!

 

Los gritos y la misma brisa que entraban por la ventana de Alber llegaban como góndola fúnebre llevada por el viento, a los oídos de Susan, que sintió cómo un profundo escalofrío revestía su espíritu de una aterradora fatalidad.