LA NAVIBLIOTECA

 

Me levanté de la cama decidido a hacer uso de mis poderes sobrenaturales. Después de un buen desayuno capaz de alimentarme para una jornada intensa bajé las escaleras de mi casa para subir otras más elevadas, las de la pasión y la fantasía. Ya en la calle vi como se acercaba mi andar reflejado en el cristal del edificio al que me dirigía, la biblioteca. Entré sin que el detector hiciera ninguna señal, -aún no han inventado ninguno que alerte de los secuestradores-, porque eso iba a hacer yo ese día, secuestrar una biblioteca y a su contramaestre, una chica de ojos rasgados, azabache melena, abalorios de artista en manos y cuello, vestida con soltura y griego escote que dibujaba sensualidad a ambos lados de su eje corporal.

La vi como siempre, ofreciéndome su generosa sonrisa de bienvenida tras el mostrador, y a su lado, un compañero de navío, ingenio de los mares en el que más tarde se convertiría la biblioteca.

Mi timidez impidió en ese momento unas palabras de saludo más extensas que un simple, ¡Hola, Anaïs! La presencia de otras personas me produce inquietud, no quiero hacerles partícipe de mis sentimientos, por eso me dedico al arte de pintar, me permite comunicarme con un futuro público pero sin su presencia en el momento íntimo de la creación.

Con decisión, subí las escaleras, el camino más difícil, huyendo de la comodidad del ascensor; la espera, el grupo, la lentitud, y la imposibilidad de poder huir de esa caja metálica hacen de mí un escalador de edificios.

Una vez en el tercer piso, bajo un entramado de vigas de madera parecidas a la quilla de un barco -premonitoria construcción- me dirigí a la estantería de los libros de navegación encontrando con rápida intuición el libro que buscaba, “Construya su barco con la imaginación”. Cogí el libro y me senté en uno de los sillones rojos de la gran sala. Acompañado por los ronquidos de un jubilado y una chica que pronto se levantó molesta por la sonoridad vecinal empecé a concentrarme en todas aquellas imágenes que me ofrecía el libro; cuadernas, baos, puntales, rodas, codastes y trancaniles, principales piezas para la construcción del esqueleto de un barco. Convertido en médium iba trasladando cada una de esas partes del libro a toda la fachada de la biblioteca y su interior. El cemento se travestía en horizontales tablas de madera, la verticalidad de sus paredes en curvas adecuadas al deslizamiento entre las olas marinas mediante las amuras, aletas y través de sus costados, las cristaleras de las ventanas en portillos ojos de buey.

Todo mudaba con gran rapidez en componentes diversos necesarios para el perfecto equilibrio de flotabilidad de un navío; el hombre de los ronquidos en motor auxiliar en caso necesario, los monitores de los ordenadores en sonar, radar, radiogoniómetro y GPS de alta tecnología. La ropa de los que corrían asustados de tan extraordinaria metamorfosis se descosía separándose de sus cuerpos elevándose en cadena hacia el exterior, confeccionando enormes velas que esperaban el viento inaugural que impulsara a aquella naviblioteca.

Cerré aquel libro mágico que una vez cumplida semejante transformación a su vez se convirtió en lo que sería mi cuaderno de bitácora.

Todas las estanterías habían desaparecido, ahora eran mamparos estancos y sólo un libro había permanecido inmóvil esperando a ser usado también por mis poderes mentales, su título, “Ciclones y oleajes imaginados”. Al abrir el libro noté de inmediato toda la brisa marina del Mediterráneo. Me concentré profundamente en los dibujos que contenía; grandes oleajes que cubrían ciudades costeras, vientos capaces de impulsar mi naviblioteca a grandes distancias, todo en secuencias virtuales aparecían en el libro, veía cómo mi propia ciudad se escondía bajo las inmensas olas que al llegar a popa lanzaron mi ingenio y sus velas hinchadas por encima de los enormes edificios rígidos que lo circundaban.

En todo momento, aquella magistral alteración, había sido una barrera inexpugnable para los que querían salir o entrar.

Terminada mi creación fui a buscar a quien había sido estímulo de tanto derroche de imaginación. Anaïs estaba asustada, por primera vez su sonrisa había desaparecido. La cogí por el brazo y la llevé al puente de mando, le expliqué cómo y porqué había ocurrido todo aquello, mi intención de llevarla a otros mundos, todos los que ella quisiera convertir en realidad entre todos los libros que pudiera recordar. Se sintió desconcertada, me miró tristemente y confesó su mentira.

-¿Recuerdas? - me dijo -, el día que me preguntaste si conocía a un tal Elías y te dije que no, te mentí, es mi pareja, tenemos dos hijos, uno de ellos lo adoptamos hace poco, nos queremos mucho los cuatro y quiero volver con ellos. Sabes que Elías es muy bromista y le gustó la idea de confundirte, me dijo que estabas enamorado de una bibliotecaria, él te comento que su pareja también lo era y trabajaba cerca de donde tú vives. Me propuso que no te dijera la verdad sobre mi identidad, que te siguiera el juego para ver hasta dónde podías llegar, pero no me imaginé que fueras tan lejos, lo siento. Debes perdonarme, pero deseo tanto volver con ellos.

Me desmoroné ante su tristeza, mucho más que por su engaño. Le dije que sólo quería volver a ver su sonrisa y comprendí que la única manera de conseguirlo sería devolviéndola a su mundo.

Ahora me hacía falta un libro para poder usar mi imaginación poderosa transformando mi navío de nuevo en la biblioteca, “La Bóvila”, que así se llamaba. Pero habían desaparecido todos los libros, tan sólo tenía el de bitácora aún sin una línea escrita en sus páginas.

De pronto vi que lo único que no se había transformado de todo aquel conjunto de materiales, cemento y cristales, era la chimenea de la antigua fábrica de ladrillos anexa a la biblioteca.

Me concentré pensando cómo rectificar aquella aventura pasional, de qué manera devolvería a la normalidad social a los accidentales secuestrados y ante todo recuperar la sonrisa de una mujer tan especial.

Me quedé absorto fijando la mirada en la verticalidad de la chimenea, supremo mástil de mi naviblioteca. Súbitamente, sin necesidad de ninguna referencia bibliográfica, mi mente elaboró una pócima intelectual que resolvió el dilema. Introduciéndose en el interior de la chimenea podrían volver a restaurar su situación con el mundo anterior, cual túnel del tiempo entrarían en el agujero negro-hollín de sus ladrillos y desde su oscuridad llegar a la claridad de los espacios silenciosos de la biblioteca. Uno a uno, subieron todos ayudados por el pescante al puntal del mástil, introduciéndose luego por el oscuro hueco y lanzándose en caída libre hacia un retorno al pasado. Anaïs, al irse, me agradeció mi actitud de la mejor manera que podía hacerlo, con la sonrisa más bella que nunca he recibido, su eco estético era una promesa de felicidad.

Y yo, como capitán del barco sería el último en abandonarlo, pero me di cuenta que mi viaje había sido un naufragio, mi ilusión, mi pasión, mi entusiasmo y mi imaginación se hundieron en aquel mar virtual que había creado. El mástil-chimenea desapareció junto a la sonrisa de aquella mujer. La nave sin recursos de navegación se fue a la deriva. En ese momento, sentado a proa, empecé a escribir en mi cuaderno de bitácora aquella locura de imaginación vivida.