LA HORMIGA, LA RANA Y EL CAMALEÓN

 

Se despertaron en extraña situación, los dos estaban desnudos con las manos atadas en la espalda y echados en el suelo sobre una alfombra persa. No entendían porqué y como llegaron allí. Quincy miró a Anaïs con extrañeza, se conocieron hace poco y aún no habían intimado lo suficiente cómo para encontrarse desnudos uno frente al otro. Anaïs notó un pequeño cosquilleo que subía por sus pies. Vio una pequeña hormiga negra posada sobre la uña roja del pulgar. La hormiga, empezó a recorrer todo su pie. Las cosquillas eran insoportables, aunque movía las piernas, la hormiga seguía su camino. Se acercaba a sus muslos sin prisas, insistiendo aún más en el cosquilleo, mucho más soportable en esa zona del cuerpo. Pero la situación cambió cuando se aproximaba a las ingles y quedó enredada en el pubis rizado negro, de Anaïs. En lugar de salir de allí en dirección abierta de la superficie corporal, se adentró aún más en los labios vaginales, con lo cual, Anaïs lanzó una lamento suave que no pasó desapercibido a Quincy que empezaba a despertar de su desconcierto, pero sin entender nada de aquello. La miró recorriendo su cuerpo desnudo, deteniéndose en los pechos generosos, ligeramente ladeados pero turgentes. Al llegar al pequeño jardín bajo su ombligo, examinó todos sus detalles, excepto el que más preocupaba a Anaïs, la pequeña hormiga indiscreta.

Al fin notó que algo se movía entre los labios de la vulva. Entendió que el nerviosismo en el rostro de la chica se debía a las cosquillas obscenas que producía la hormiga. Quincy intentó reincorporarse de la manera que pudo y acercó su rostro intentando ahuyentar al insecto. Con la lengua, contorneaba los pliegues húmedos de Anaïs, pero la hormiga parecía jugar al gato y al ratón. Por un momento desapareció de la vista de Quincy, y éste, introdujo aún más su lengua. Anaïs empezaba a humedecerse en exceso, y a Quincy parecía agradarle todos esos jugos salidos del interior de aquella fruta.

Su pene empezó a erguirse, y en el puntal del mástil aparecía una pequeña sustancia líquida blanquecina que se deslizaba por la suave curva de su glande. Quincy seguía su búsqueda zoológica con ardor, el mismo que sentía Anaïs, que llegó a su clímax cuando la hormiga y la lengua de él se encontraron en la pequeña protuberancia en lo alto de la vagina. Anaïs se estremeció de placer, ahogo sus gritos mientras las convulsiones de su sexo hicieron retirar la lengua de Quincy con la hormiga adherida en sus papilas. Él, se quedó incompleto, envidiaba el orgasmo de aquel cuerpo desnudo y voluptuoso. Buscó otra hormiga sobre el suelo en el que yacían. Al fin vio cómo una de ellas se acercaba hasta sus caderas, él se ladeó para ofrecer un puente de paso al insecto, pero su pene aún erecto no ayudaba a tal propósito. Hizo fuerzas de voluntad para apaciguar su erección, intentó pensar que los lamidos en el coño de Anaïs le recordasen a los que le hacía una oveja a la cabeza de su cría después del parto intentando limpiar de placenta a su cachorro. Funcionó, su pene arrió velas, descansando en el suelo y facilitando a la hormiga su aventura nómada. Ésta, se desplazaba por entre los pliegues carnosos y rosados del prepucio. Quincy empezaba a mostrar inquietud, el cosquilleo se volvía difícil de soportar y mirando a Anaïs le lanzó una súplica desesperada. Ella aún bajo los efectos de su orgasmo quiso mostrarse tan solidaria cómo lo había sido él. Se inclinó sobre el miembro relajado de Quincy abalanzándose como la lengua de un camaleón. Le pareció fácil atrapar a la hormiga, pero quiso entretenerse lamiendo aquel sabroso apéndice. Quincy empezó a excitarse, ella notaba cómo aquella polla diminuta y graciosa desarrollaba mayores proporciones obligándola a abrir aún más su boca, que subía y bajaba rítmicamente a lo largo y ancho de aquel cilindro contorneado. Los ojos de Quincy se cerraron, sus labios prietos acompañaban las muecas de su rostro. Por fin eyaculó un torrente de esperma que a medida que salía era tragado por Anaïs. Sus testículos se habían hinchado como la garganta de una rana, y la hormiga desapareció arrastrada por la riada. Anaïs se arrodilló sobre las caderas de Quincy juntando su sexo con el de él. Se quedó mirándolo, contemplando su expresión dulce y relajada. Luego se desplomó sobre su pecho y sus labios se besaron profundamente. De repente, el beso los transformó en rana y camaleón, y así despertaron, cada uno en sus medios naturales. Ella, la rana, en el pequeño estanque de jardín, y el camaleón, sobre la rama de un árbol junto al estanque.