LA GRAN ESFERA ROJA

Existió una vez un extraño objeto semejante a una esfera, de dimensiones gigantes, su diámetro sobrepasaba los quinientos metros. Su aspecto era pulido y de un material parecido a la baquelita, un plástico de uso poco común hoy en día, pero en aquel entonces casi todo se fabricaba con dicho material. De color rojo intenso, no se apreciaba ninguna unión ni relieve en toda su superficie, pero si un pequeño cráter a través del cual una profunda oscuridad ocultaba el aspecto de su interior.

Dicho objeto, apareció un día a primera hora de la mañana en la cima de una montaña a la que llaman, Tividabo. Era invierno y el sol florecía en una tímida aurora.

Las gentes que allí vivían podían observar aquella aparición desde cualquier punto de la ciudad. Muy pronto, se acercaron equipos de investigación, reporteros, grupos de seguridad civil, divisiones militares y por supuesto, miles de curiosos mantenidos a distancia por un gran número de policías.

Su peso, lo mantenía en una aparente estabilidad, ya que su base esférica hacía pensar que cualquier movimiento de tierra haría ceder aquella monumental esfera ladera abajo de la montaña.

Y así sucedió, una fuerte ráfaga de viento que sorprendió a todos, pues el día despejado y calmo no anunciaba cambios inminentes en el clima, desequilibró aquel enorme objeto rojo. Parecía que una mano invisible empujara con fuerza la gigante esfera que empezó a rodar aplastando todo lo que encontraba a su paso. Aquel misterio de la ciencia, devastó en un segundo un Museo dedicado precisamente al conocimiento de las cosas por sus causas, toda la ciencia conocida hasta aquel entonces se conservaba en aquel edificio. No quedó ni rastro. Ese inmenso ingenio desconocido había destruido la esencia de si mismo, porque, seguramente, su construcción técnica podría parecerse a tantos y tantos objetos creados por el hombre y daría indicios para conocer las características de aquel extraño objeto.

Siguió su viaje descendiente, dejando un gran surco de destrucción tras su paso entre bosques, construcciones, edificios y calles de la ciudad.

En su devastador camino, se encontró con una construcción religiosa, de estilo entre barroco y modernista, muy imaginativa aunque nada funcional. Su arquitecto murió atropellado por un tranvía, las nuevas máquinas humanas que seguiría inventando el hombre como herramientas de suicidio colectivo. También la gran bola roja aniquiló el largo trabajo de creación de aquel monumento a la espiritualidad. Tras de sí, la inmensa esfera había barrido en un segundo la ciencia y la religión. Ahora, su rumbo ya no obedecía a las leyes de la gravedad, su trayectoria cambió a capricho propio dirigiéndose hacia la montaña opuesta de donde venía, Montjuïch era su próximo destino de destrucción. La fuerza giratoria le llevó directo al mayor almacén de obras de arte de la ciudad. El Museo Nacional de Arte, donde el arte Románico y el Gótico, compartían las grandes salas de exposición con muestras diversas del arte moderno. Lo que el tiempo hubiera destruido en millares de años quedó aplastado en milésimas de segundo. La imaginación plástica, se sumó al óbito de sus dos compañeras, manifestadoras del pensamiento humano.

Al llegar a la cima de aquella montaña, la ley de la gravedad impuso su orden. La gran bola roja descendió de nuevo devastándolo todo a su paso. Ahora le tocaba el turno a la música. El centro más importante de la época, musicalmente hablando, se encontraba en un edificio construido por la burguesía local, allí se representaban los acontecimientos más importantes relacionados con la música clásica. El Liceo, que así se llamaba, también sucumbió bajo la fuerza destructora de aquella inmensa esfera rojiza, un estruendo sonoro sería la última de las notas musicales escritas en los escombros de aquella sala de conciertos. No hay que decir que otros espacios representativos de toda la vida cultural y social de la ciudad quedaron eliminados en un santiamén.

La esfera siguió rodando hasta situarse en el centro de una gran plaza, actualmente se le sigue llamando, la Plaza de Cataluña. Y allí se quedó, inmóvil hasta nuestros días. La ciudad se rehízo poco a poco, y cuando se tuvieron los medios para analizar e investigar acerca del origen de aquella misteriosa bola destructiva, se llegó a la conclusión que la fuerza de los sueños nocturnos de los ciudadanos habían generado una realidad física, debido a la coincidencia de estar todos soñando lo mismo en el transcurso de aquella noche, antesala de la tragedia más grande que una ciudad haya podido soportar.