LA ESPIRAL

 

Teléfonos inteligentes, televisores inteligentes, los aparatos electrónicos están quitando el espacio pensante a los seres humanos. Este pensamiento daba vueltas en el cerebro de Roberto como si fuera una salvación, pero sin darse cuenta que permanecía encerrado en los pliegues de un músculo cada vez más atrofiado. Su supuesta salvación era entregarse al servicio que le ofrecían las máquinas pensantes. A veces olvidamos que detrás de las máquinas hay seres humanos que las piensan. Detrás de la opresión, la esclavitud social, hay seres humanos que las organizan. Roberto no se daba cuenta que hay una lucha entre los humanos mayor que entre los animales, pues estos no persisten más allá de unas simples necesidades. El hombre imagina necesidades que compiten con las imaginadas por otros.

Nuestro personaje, abatido, desilusionado, abandonado por la suerte, el azar favorable, decidió entrar en un nuevo habitáculo electrónico en el que la ciencia había estado trabajando los últimos 50 años. Ya se disponían de centenares de miles de ellos colocados en las calles de las ciudades. De forma tubular, medían unos 2 metros de diámetro y 2 de altura. Durante el día no los veías, era a la noche cuando emergían del suelo urbano y las gentes bajaban de sus casas para introducirse en ellos. Tenían un recorrido en espiral y a medida que ibas entrando en ellos el escáner que ejercía sobre tu cerebro iba despojándote de parte de tus pensamientos, considerados peligrosos o dañinos para tu estabilidad social. Al final de la espiral, el cuerpo había sufrido tal mutación y levedad que te permitía salir por la parte superior de aquel aparato como si fueras tan liviano como una pluma. Caías suavemente sobre el asfalto y nuevamente te reincorporabas en tu camino de vuelta a casa.

Así, Roberto, podía conciliar el sueño, sin pensamientos, sin preocupaciones, sin dormir, enterrado, que sería la expresión más adecuada, pues en la muerte de las ideas no existe ningún despertar.