JUAN NADIE

 

Laura solía desayunar sola, a su ritmo y el de Glenn Gould interpretando a Bach. Degustando sus tostadas con miel y el te en una taza al estilo de la dinastía Raku, que conservaba desde la infancia y que tenía en gran estima, mientras su madre, Sofía, salía a la calle con el Husky siberiano que habían adoptado recientemente, aprovechándose así de la ausencia materna para sentir esa soledad matinal que tanto deseaba.

Su hermano Juan sabía que a Laura le molestaba compartir esos primeros instantes del día con cualquiera que no fuera su discreto y silencioso felino siamés, Spino, que esperaba pacientemente a que ella terminara su desayuno para tomar su ración de leche y así no molestarla con el ruido de sus sorbidos.

El nombre de Spino se lo puso Laura, que creyó ver en la filosofía de Spinoza toda la sabiduría que mostraba su gato, su paciencia y respeto.

Pero la delicadeza del animal servía de bien poco cuando sonaba el despertador de Juan, en la hora precisa en la que los labios de su hermana iban a sentir la cálida sustancia del te y su nariz el aroma floral que desprendía, todo truncado por el sonido, seleccionado de entre los más estridentes, de su alarma.

Sin prisas para salir de la cama, Juan esperaba a que el resto de la familia se hubiera levantado, desayunado y listos para salir de casa y así aprovecharse de las ventajas que suponía encontrarse con los restos de desayuno que su madre y su hermana habían dejado en la cocina y evitar también tener que sacar al perro, Benja, el último en llegar a la familia, en su paseo matinal.

Hasta tal extremo se aprovechaba de los demás que no dudaba en beberse la leche del siamés si habían quedado restos en su cuenco.

No era realmente pereza lo que le empujaba a ser así, más bien una imperiosa necesidad de utilizar a los demás para sus necesidades y creerse así más inteligente, sentirse por encima del resto de los mortales.

Lo tenía todo calculado. Instantes antes que su madre saliera para su oficina, la última en marcharse, Juan, sigilosamente se acercaba a la cocina y buscaba en el bolso de su madre el Tupper que ella se había preparado para el almuerzo y así no tener que perder el tiempo en hacerse el suyo.

Sofía, a la que siempre le faltaba tiempo para terminar con todo aquello necesario antes de marchar de casa, salía precipitadamente y nunca recordaba al llegar la hora de su almuerzo y no encontrar su comida en el interior del bolso, si realmente la había preparado. De tal despiste se aprovechaba Juan, como la mayoría de las veces.

Hasta tal punto llegaba su memez y despreció hacia sus semejantes, que un día después de beberse el te que quedaba en la taza de Laura, la dejó al borde de la mesa, muy cerca de la silla donde Spino solía acurrucarse, esperando que al incorporarse el animal éste empujara la taza al suelo y se rompiera en pedazos.

Afortunadamente el nombre de Spino le hacía honor, y un cierto sentido de la prudencia le hacía levantar la cabeza y mirar antes de incorporarse.

Una vez realizado su despreciable protocolo de mezquindad, Juan se quedaba en casa, en su habitación, ante el ordenador, desarrollando sistemas informáticos para acceder a las computadoras de sus rivales y encontrar sus puntos débiles y obtener así la información que le daría la ventaja necesaria para progresar en su ambiciosa carrera arribista, en el que era un aventajado especialista.

A veces, según su humor, que coincidía con alguna de sus relevantes victorias hackerianas, hacía aparecer en el ordenador de la víctima, uno de sus típicos chistes de mal gusto, como aquel que dice: ¿Que hace una niña Bosnia columpiándose?.. Pues poner nervioso al francotirador.

Así era Juan, un francotirador, dispuesto a todo para sí mismo, sin importarle cuan ridícula era su codicia y su falta de caridad.

Si bien poco tenía en consideración a sus semejantes, los humanos, si de humano él poseía algún aspecto, aún más despreciaba a los animales.

En todo el tiempo que estaba en casa en ningún momento dedicó unos minutos para alimentar a Spino y a Benja, al que no sacó a pasear en todo el día, esperando que llegaran su madre o su hermana, para salir instantes antes y que fueran ellas las encargadas de tal actividad.

Así era su vida, hasta que un día, al levantarse de la cama, vio a su perro Benja llevar atada del cuello a Sofía que regresaban de la calle y a Laura esperando pacientemente sobre la silla a que Spino terminara de tomar el te en su preciosa taza de cerámica Raku.

Siguió observando con incredulidad la escena que transcurría ante el, Sofía sobre la manta en el suelo y Benja en la cocina rebozando unos huesos de cordero, mientras el felino relamía las espinas de pescado sobre las tostadas de pan ante la mirada de Laura, que deseosa, hacía recorrer su lengua entre las mejillas.

Atónito y frotándose los ojos creyó que aún dormía y que aquella surrealista visión era producto del eco de una pesadilla suspendida en la vigilia de su inconsciente.

Más por mucho que quiso despertar, el mundo se volvió bizarro, ajeno al suyo, aquel que había creado indiferente al de los demás y que ahora se volvía contra él, extraño y excéntrico, transformándole en una especie de robot computarizado y servil.

Juan no era nadie, o como el personaje de una famosa película, Juan Nadie, un ser creado por un director de periódico sin escrúpulos, para servir sólo a sus intereses comerciales.