FUNCIO DE LA NÓMINA

 

Nunca me había fijado en esos ciudadanos del ejército estatal. Perdón si ofendo a servidores públicos con un problema menos; perder el trabajo. El sueldo es otro tema, la mayoría se quejarán de insuficiente, y tendrán razón, en eso no me meto, que no se note ningún tipo de crítica, al fin y al cabo todos escogemos lo que podemos, en mi caso escogí la inseguridad laboral a cambio de tener todo el tiempo libre posible, sin horarios fijos, ni relaciones forzadas con compañeros de trabajo, o sumisiones al jefe/jefa de turno a pesar de sus incompetencias, etc., etc. Para mí, son afortunados, como creo que también lo soy yo, a pesar de mi precaria situación económica. Pero la vida siempre te sorprende y te ofrece nuevos ejemplos del existir humano. Como encontrarme con Funcio de la Nómina, cuyo nombre denota una procedencia aristocrática, o al menos de familia noble tal vez venida a menos.

De hecho fue un reencuentro, un compañero de la infancia, iba a decir amigo, pero nunca llegó a serlo, teníamos intereses muy diferentes. Mientras yo escribía cuentos en clase que luego leía a mis compañeros, él, servía de ayudante a la maestra en trabajos que iban desde ordenar papeles, archivar exámenes, o hacer recados de emisario entre profesores, lo que le daba acceso a datos personales de sus propios compañeros. Incluso recibía pequeñas propinas para golosinas. Así que no dejaba de ser un privilegiado funcionario ya en sus años escolares. No llegábamos a los ocho años de edad pero cada uno ya ocupaba un lugar en la micro sociedad de nuestra clase. Un día me dejé mis cuartillas noveladas en el cajón del pupitre. Funcio, que también ordenaba el desorden de las clases, a veces se entretenía en fisgonear en los cajones, por escrupuloso, que no por indiscreción. Menudo cómplice de la seguridad pública. El caso es que al volver del recreo -ese día preferí jugar a fútbol que entretener a mis compañeros con una historia de terror-, me puse a escribir en mi novela mientras el resto hacía sus deberes. La señorita, bueno, la desagradable autoritaria de la maestra, se acercó tomando mis cuartillas para después de una rápida ojeada romperlas acompañándolo con la sentencia: “en clase no se pierde el tiempo con esas cosas”.

Hasta los catorce no volví a escribir “esas cosas”, era la historia sobre la fuga de unos presidiarios peligrosos, vigilados celosamente por funcionarios de prisiones. A los diez años cambié de colegio y perdí de vista a, de la Nómina, así nos llamábamos entre nosotros, por nuestro apellido, eso ya dice mucho de aquella época. El mundo es un pañuelo, dicen, en él todos estamos y a veces coincidimos, fue seguramente a consecuencia de un estornudo, que nos sacudió del lugar en el que estábamos para reencontrarnos de nuevo. Tiene un cargo en una empresa municipal que promueve la ocupación laboral.

Allí estaba yo, renunciando a mi libertad de horarios por unos ingresos fijos al mes y salir de mi precaria vida económica, aceptando que no tengo las cualidades necesarias para ganarme la vida con mis creaciones literarias, resignándome a mi edad a entrar en la bolsa de empleo, en el saco del miedo, ¿quizás el hombre del saco consistía en eso? Bueno, Funcio no tiene precisamente un aspecto que infunda terror, de hecho ya ni me acordaba de su cara, fue él quien me reconoció. Era como si estuviera esperándome desde entonces, abriéndome las puertas del infierno. Sonrió como si hubiera ganado la partida. En ese momento reaccioné, saqué una libreta que llevo siempre conmigo y anoté la dirección de mi blog, ofreciéndosela mientras me despedía figurando que me quitaba el sombrero.