FRUSTRO RESENTIDO

 

Hay personas a las que les tienes una cierta simpatía y aprecio, aunque te pongan los nervios de lo más erizado. Nunca sabré si la naturaleza, mediante los genes, predeterminan las facultades que hacen destacar a unos más que a otros y al mismo tiempo provocar repulsa o atracción en el mismo individuo, o todo depende de nosotros.

A Frustro Resentido lo conocí no hace mucho tiempo. Fue en una inauguración de pintura, a él le tocó actuar después de la presentación a cargo de un crítico de arte, un tanto soporífera y en absoluto orientadora de la obra que se exponía. Me impresionó la presencia de Frustro, la seguridad con la que se dirigió al público anunciando la pieza musical que iba a cantar; un aria de Pergolesi y el “Suspiro profundo”, de Andrea Sorrento. Impecable, absolutamente perfecto, quizás demasiada perfección. Imposible hacer ninguna matización a su actuación si dejamos a un lado la emoción. Me pareció como el virtuoso al que le falta el defecto que nos permite comunicarnos con él. Al terminar, los aplausos parecieron no importarle, en eso se parecía a un habilidoso prestidigitador qué, a sabiendas del engaño, hace como si de magia se tratara. Me acerqué a él junto a una amiga que me lo presentó, charlamos, de música, por supuesto.

Lo que al principio era una fuente de información inagotable, pasó, al rato, a un creciente catálogo de críticas, reproches, desprecios y juicios de desaprobación a todo el mundo musical, desde los aficionados que hablan sin saber, pasando por los críticos que creen saber, pero son ajenos a la honestidad profesional. Los intérpretes, a los que consideraba más o menos importantes según su afiliación política y compromiso social. Los promotores, directores de auditorios, y cómo no, los de orquesta, a los que, en el fondo, envidiaba. El tono de voz iba en crescendo, sostenuto y presto. Era evidente que no se le tenía en aprecio, tampoco se contaba con él para las grandes actuaciones, aunque se le respetaba por sus conocimientos y argumentaciones.

Nos contaba -ya éramos un círculo importante a su alrededor-, que debía dedicarse a la docencia en lugar de la interpretación por culpa de la ausencia total de sensibilidad de los dirigentes culturales. En mucho tenía gran parte de razón, pero su vehemencia escondía un cierto resentimiento hacia la profesión. Tanto saber llevaba añadido los límites de su propia capacidad artística. Esa frustración tensaba cada una de sus palabras, el cantábile de su voz se volvió desgarrado, las disonancias se mezclaban con desafinados gritos y poco a poco sus cuerdas vocales le provocaron una disfonía considerable que lo paralizó dramáticamente. Alguien le acercó un baso de agua mientras otro le ayudaba a sentarse. Había perdido la voz. Los dolores de garganta se dispersaron por el pecho y la espalda anunciando un malestar crónico a partir de ese día. Aún siendo marginado por los promotores, hubiera podido seguir cantando por el propio placer que ello significa, pero utilizó su voz con tanto esfuerzo para la crítica que nunca más recuperó el canto y quedó en un silencioso “Suspiro profundo”.