ESCALÓN DE ALCOLEA (I)

 

La especie humana es diversa y dispersa, observarla nos permite reflexionar sobre nosotros mismos. Hace unos días me llamó la atención un hombre anciano que estaba sentado en un banco, con su mirada serena y fija en dirección frontal hacia un punto indeterminado que atravesaba caminantes, automóviles y edificios. Ignoro qué información procesaba. Me inquietaba de tal manera que no pude resistirme a acercarme y sentarme junto a él. Me sentía confortable a su lado y su presencia me producía cierta paz y silencio a pesar del barullo de vehículos a nuestro alrededor. No se inmutó apenas. Le miré y disculpándome por si le podía molestar le pregunté si necesitaba alguna ayuda. Se giró lentamente y mirándome con naturalidad sonrió a mi pregunta. ¿Quién de los dos necesita ayuda? pareció responder con su silencio.

Le dije que no sabía realmente porqué estaba sentado a su lado, pero sentía curiosidad por saber quien era. Quería oír su voz, así que insistí en provocar alguna respuesta suya. - ¿Viene a menudo a éste lugar? le pregunté. - Hoy es el primer día fue su respuesta. Hace una semana siguió diciendo que cuando llego a mi casa cuento los escalones de la escalera. El primer día me fijé en los peldaños, me sorprendió su estado envejecido y deteriorado. También reconocí el ruido, al pisar en el rellano del segundo piso, que cada día escucho desde mi habitación, era una baldosa que se había desprendido del pavimento. Cuanto más arriba subía, en peor estado se encontraban las tabicas y las zancas, nunca antes fui consciente de ello.

Así que, al día siguiente, volví a contarlos mientras observaba las paredes y los desconchados de la pintura. Al llegar a mi rellano el número de escalones se había incrementado en cinco, de los cincuenta y tres del día anterior. Creí haberme equivocado al contar, así que el tercer día los volví a contar. La barandilla en la que me apoyaba estaba llena de polvo y en algunas partes oxidada. ¡Sesenta y tres! ¡Cinco escalones más! Pensé que de nuevo me había descontado mientras miraba el deterioro de las hileras de barrotes.

Toda la escena me la contaba el viejecito con total parsimonia y sin apenas inmutarse. Yo le escuchaba con curiosidad e inquietud. - El jueves continuó, al entrar en el portal saqué una libreta y marcaba en ella con una línea cada uno de los peldaños que subía. Al pasar por las distintas puertas de mis vecinos intentaba que sus voces, los gritos, discusiones, la música y los anuncios televisivos, no me distrajeran de nuevo. Pero, ¡Ah, amigo mío! Mi sorpresa fue mayor que en los días anteriores. Setenta y tres fueron los escalones anotados en mi libreta, diez más que el día anterior. He de decirle, que hace una semana cumplía 53 años, hoy tengo el aspecto de un hombre de 73. Así que he decidido no volver a subir más por la escalera de mi casa, ésa que estoy mirando fijamente desde este banco. ¿Cómo se llama, joven? -me preguntó-, Ricardo, contesté, ¿y usted? - Escalón de Alcolea, para servirle.