EL ZORRO Y EL JILGUERO

 

Había un árbol que destacaba por el fruto que florecía en sus hojas. Los jilgueros, se apresuraban a picotearlo cuando aparecía en verano. Al terminar de saciarse, cantaban bellas melodías. Un zorro, que los observaba, creyó que aquel fruto les daba el don del canto, así que intentó alzarse hasta las ramas dando saltos. Sus esfuerzos fueron vanos, así que probó de subirse por el tronco, más el árbol era muy alto y el zorro no conseguía llegar a las ramas.

Pero era muy astuto, y había observado que otros árboles dejaban caer sus frutos al cabo de unos días. Esperó pacientemente. Por fin cayó el primer fruto, se acercó y husmeó por precaución aquel manjar cantarín. No lo encontró tan radiante como los otros, al contrario, estaba tan maduro que al caer se deshizo en su propio jugo. Al zorro no le gustó ni su aspecto ni su olor. Así que siguió pensando cómo podría alcanzar los frutos más relucientes.

Estaba absorto, pensando inmóvil bajo una intensa lluvia, cuando de repente, un relámpago cayó sobre otro árbol cercano haciéndolo caer sobre el de los frutos cantarines, éste, aguanto el impacto y el árbol herido por el relámpago quedó en diagonal, de forma que el zorro vio la posibilidad, por fin, de acceder a través del árbol caído al ansiado fruto. Cuando llegó a él, volvió a olerlo, por precaución, y encontrándolo seguro empezó a morderlo saboreando su pulpa con satisfacción.

Esperó unos instantes para ver si notaba algún efecto que estimulara su voz y produjera bellos sonidos. Al rato, hizo un intento de cantar al ver que no salía espontáneamente. Fue patético, los jilgueros que había por allí se marcharon asustados de tan horrible aullido. El zorro, comió uno tras otro, hasta saciarse de tal manera que sus tripas eran las que únicamente producían sonidos, pero de dolor. El empache fue tal que juró no comer nunca más de aquel fruto cantarín.

Se alejó de aquel lugar a descansar su cuerpo estremecido de malestar. Adormecido, oyó cantar a un pajarillo, abrió sus ojos y vio sobre una roca aislada de todo árbol frutal a un jilguero risueño y entusiasmado con sus propios cantos.

El zorro le preguntó dónde había un árbol de frutos cantarines cerca. El jilguero le respondió que hacía mucho que no comía aquel fruto porque no era de su agrado. El zorro le dijo que sus cantos sólo podían producirlos los frutos cantarines. El jilguero se rió, diciéndole ¿crees que la naturaleza nos da las virtudes fuera de nuestro ser?, ¿Qué cualquiera que tome algo fuera de si mismo, conseguirá lo que hay en el interior de otro?-. El zorro, se marchó cabizbajo y empequeñecido, a él, que la naturaleza le había dotado de paciencia, inteligencia y astucia.