EL PLA

 

La rana y el camaleón volvieron a soñar. Convertido en Quincy, el camaleón cabalgaba sobre la moto que conducía la rana de Anaïs. Iban por una carretera conocida en el lugar por, “El Plà”. Era un extenso altiplano de la comarca de Lleida. El horizonte, a cualquier parte de los puntos cardinales que mirasen se recortaba sobre el cielo, cuya escenografía rellenaba de nubes, rasgadas aquí, en espiral allí, estriadas más allá, escultóricas por doquier. De color Vermeer en el inferior, Canaleto a los lados, Tiziano en el centro, Ruisdael en las alturas. Se permitieron infringir su seguridad descartando el casco obligatorio para todo jinete del motor, y sentir así las caricias del viento, y muy pronto de Quincy. Desde lo alto, un pájaro los contemplaba rodando sobre la cruz de una carretera color de cinc dividiendo en cuatro partes el campo de hierba, que durante la estación de verano se convierte en ocre oro. Quincy rodeaba con sus brazos la cintura esbelta de Anaïs. Con sus dientes mordía suavemente su oreja. Mientras, ella seguía sujetando las riendas del equino mecánico, dejándose llevar por la velocidad de su caballo y la excitación del semental. Notaba el exceso de volumen al final de su espalda. Las manos de Quincy subían lentamente hacia los senos de Anaïs que llevaba arrapada una blusa de lycra y sin sostenedor. Quincy, notó en su inspección táctil los pezones erizados tras el tejido sintético. Los pellizcaba provocando los primeros efluvios vaginales de Anaïs. Quincy dejó la oreja para entretenerse en el largo cuello de la amazona. Chupaba y mordía, mordía y chupaba. Levantó la blusa dejando libres los pechos de Anaïs acariciados ahora por el viento. El manoseo era frenético. Dejó uno de los pechos para desabrocharse la bragueta del pantalón y sacar su miembro erecto masturbándose como sólo él, y en algunas ocasiones Anaïs, sabían hacerlo, con el pulgar en el glande, y el índice, medio y anular sobre la vena hinchada por la excitación situada en el dorso del pene. Anaïs, en un gesto de osadía y riesgo dejó el manillar para sacarse la blusa y esperar a sentir el caliente líquido que Quincy iba a proyectar sobre su espalada. La mano de él que apretaba aquel pecho turgente decidió abandonarlo para deslizarse con decisión bajo la corta falda de Anaïs. Separó las mojadas bragas que cubrían el vello rizado del aún más lubricado sexo femenino e introdujo sus dedos en movimientos circulares unas veces y laterales en otras. El vehículo seguía rodando, pero desviándose del cinc para entrar en el ocre oro. Atravesaban aquel cepillo de hierba seca con la velocidad con que su orgasmo se avecinaba. El clítoris de Anaïs envió las señales oportunas para provocar el orgasmo que anunciaba a los cuatro vientos el grito extasiado de su garganta. Notó, al mismo tiempo, cómo una caliente sensación líquida bautizaba su espalda. En el clímax de aquella situación, la moto que los llevó al Olimpo del placer, esquivó a un camaleón que había en medio de su camino para zambullirse en un charco extenso y profundo que encontró en su brusco desvío. La rana, impasible sobre unas cañas, los miraba complaciente.