EL PINTOR TERMINÓ SU RETRATO

 

El pintor, terminó su retrato, se parecía tanto a ella que creyó oír su voz hablarle. Tardó mucho tiempo en realizarlo, no quería acabar nunca de mezclar en su paleta los colores que acariciarían el dibujo de su piel. El blanco con un pensamiento de carmín, mezclados con algo más generoso de siena tostada para las sombras, insinuando pliegues que esconden sinuosidades aún más seductoras que el resplandor de sus hombros desnudos, y que decir del negro intenso que usaba para los ojos despiertos, afectuosos, profundos y seductores. Nunca posó para él, pero la recordaba al detalle, tanto, que no olvidó ninguno de sus lunares, incluso aquellos escondidos bajo sus ropas. Famosos son los labios de la Gioconda de Leonardo, pero os asombraría la perfecta expresión que nuestro pintor supo alcanzar de su amada. Desde la primera pincelada de escarlata mezclados con blanco y amarillo que depositaría en lo que serían los labios más seductores jamás pintados, notó fuertes impulsos de acercarse y besarlos, su impaciencia era tal que sin esperar que secaran los pigmentos besó una y otra vez aquellos carnosos y acogedores labios. Milagroso fue cuando mientras pintaba lo que serían lacios cabellos negros, su pincel, hecho de pelo de marta, se expandía creciendo de su raíz largos filamentos que se adherían sobre la superficie de la tela transformándose en cabellos de mujer. Quiso pintarla desnuda, con sus manos cubriéndose los pechos dejando aparecer oscuros pezones de un rosado marrón, color inusual, casi imposible de obtener. Cada pincelada que nuestro pintor depositaba sobre el lienzo era una caricia al cuerpo que aparecía lentamente en la tenue luz de su estudio. Desde el otoño hasta finales del verano siguiente, quiso protegerla incluso del frío invierno colocándole en verde esmeralda un manto de terciopelo sobre sus hombros, para llegada la estación primaveral pintarle con gran riqueza de color un racimo de flores sobre el pubis que deshojó, flor en flor, hasta el cálido verano.

Sus amigos inquietos y curiosos querían ver impacientes aquella obra maestra que suponían estaba realizando el artista tanto tiempo encerrado inhalando los vapores de trementina, olores que depositados en aquel cuerpo amado se convertían en perfume seductor. Llamaron muchas veces a su puerta, pero su silencio expresaba cuan absorto se encontraba en su tarea, hasta que un día, temerosos de algún infortunio en su salud, decidieron romper la cerradura de su frontera. Impactados por lo que vieron, permanecieron en un profundo silencio, había restos de pintura por todas partes de la habitación, incluso en el techo, parecía que la Capilla Sextina de Miguel Ángel había viajado en el tiempo. Cerca del espejo que colgaba en la pared, las manchas de óleo reproducían accidentalmente todos los matices de Las Meninas de Velázquez, mientras que en el suelo, inerte, vieron el cuerpo de su amigo, estaba desnudo, pero cubierto con todos los colores que había usado para pintar el retrato de su amada. El lienzo majestuoso, en actitud minimalista, aparecía absolutamente blanco.