EL HOTEL

 

La vio pasar, elegante, bajando las escaleras del hotel que conducían al bar. Se sentó delante de la barra y pidió un Stanley Kubrick, este coktail le recordaba momentos de un cierto romanticismo. Al cruzar una pierna sobre la otra, el corte de su falda se abrió para mostrar la belleza de sus piernas que se balanceaban suavemente acompañando el ligero baile de sus dedos hermosos, en su calzado de alto talón y estrechas tiras negras de piel.

 

Giró su cabeza con discreción hacia el salón contiguo amueblado con unos confortables sillones negros de Mies Van de Rohe, en el centro una mesita baja transformada en pedestal de espléndidas orquídeas lilas escondían al hombre que observaba, admirado, a la mujer. Ella, hizo un ligero movimiento de la cabeza para intentar ver con precisión la cara de aquel personaje. Pero su curiosidad permaneció, al no poder vislumbrar con claridad el rostro enigmático tras aquellas flores tan exóticas.

 

La llegada del camarero con la bebida romántica que había pedido, le asustó, creyó ser sorprendida en su curiosidad femenina, enrojeció, dando a su piel una frescura frutal que llamó la atención de nuevo al misterioso personaje sentado en el lujoso Mies.

 

Decidió levantarse y se dirigió sin prisas hacia aquella delicada pero firme presencia de mujer. Se situó a su lado, y pidió al camarero un Stanley, justo en el momento en el que ella sorbía la refrescante bebida, y al oírlo se atragantó inesperadamente. Él, con elegancia, le ofreció una servilleta con una mano y la otra la dejó reposar sobre su hombro en un intento de darle una muestra de atención.

 

Tras toser levemente le agradeció su gesto con una sonrisa y secó sus labios ligeramente pintados, dejando una pequeña mancha en el papel, que él, observó. Acompañó su amabilidad con un comentario acerca de las propiedades del coktail que estaban tomando, a lo que ella respondió con una admiración por el director de cine, autor de “2001, una odisea del espacio”.

 

-¿Conoces la historia de la cola de gallo, Júpiter y la hija del granjero?

Comentó, él.

 

-¿Me estás diciendo que si sé de donde viene el nombre de la bebida que estamos tomando, “Coktail”?- Esta última palabra la pronunció ella con una suave caída de cabeza y elevando sus cejas, con cierta ironía.

 

-Veo que estoy delante de una mujer interesada por el “qué, cómo y cuando” de las cosas. A mí, me gustaría saber cómo te enteraste de esa historia del “Coktail”, cuando empezaste a tomarlo y qué haces en este Hotel.

 

Ella sonrió, al tiempo que deslizaba sus dedos alrededor de la transpiración húmeda del vaso frió de su bebida, contrastando con la temperatura que su piel estaba produciendo al oír las palabras de aquella voz varonil y segura. Tras el pequeño silencio de su sonrisa le contestó erguida en su seguridad de ser admirada.

 

- El cómo, se debe a uno de los estados más emocionales de mi vida. El cuando, forma parte de uno de los momentos más decisivos de mi vida, y estoy en este Hotel para decidir que voy a hacer con mi vida.

 

Ahora, era él quien se apropiaba del silencio de la conversación. Aquella respuesta produjo en su estado mental una impactante reflexión. ¿Qué misterio enigmático escondía aquella mujer tan bella, segura, y refinada que tenía a su lado?

 

-Me llamo Quincy-. Fueron sus primeras palabras tras aquella inquietante pausa, a la vez que levantó el vaso de Coktail para brindar por el afortunado encuentro.

 

- Anaïs-. Contestó ella, participando en el ritual de aquella fermentación líquida contenida en el sonido tierno del cristal al contacto de sus vasos .

 

-¿Y tú estás en este hotel para interrogar a los que estamos de paso como yo?-Preguntó Anaïs.

 

- Bueno eso iría bien para mi trabajo, en teoría, pero prefiero imaginarme la vida de los demás.

 

- Yo soy más impaciente- Concretó ella, quiero saber ya que piensa el otro, si no empiezo a deducir y a suponer infinidad de situaciones falsas, incluso contradictorias, que me confunden. Quiero saber la realidad dicha en boca de quien tengo delante.

- Y, ¿cual es tu trabajo que ignora la realidad humana?

 

-Escribo cuentos, novelas, ficción. Mi realidad, no es humana, digamos que construyo sobre los restos humanos, es decir, sobre las cenizas de los deseos y las frustraciones, el poso de sus vidas, de todo ello queda una irrealidad, de ahí nace el ave Fénix de un nuevo ser que no exige de la vida, ni proyecta, no hay juicio, mis personajes viven al día y dejan vivir, todo es presente, no existe pasado ni futuro, nacen y mueren en pocas horas, cuando el sol se esconde. Al anochecer, aparecen otros seres, están en mis poemas, son miles de yo, es ahí cuando me interrogo y respondo al desasosiego de mi soledad. Lo siento, te estoy aburriendo. A tu pregunta de cual es mi trabajo te respondo en que se funda mi existencia.

 

- En absoluto- Respondió ella. -Encuentro muy interesante lo que dices, adoro los cuentos, las fantasías, pero me estimula conocer la vida de los demás, comprendo más al ser humano y a mí misma, y por encima de todo me interesa aquel que viaja, se mueve entre hoteles, al nómada que descubre un mundo nuevo cada día. Hoy he tenido un presentimiento, he creído que podría encontrar a alguien especial que diese sentido a mi vida. Por eso estoy aquí. Hace trece años que descubrí qué era el amor en una habitación de este Hotel, y esta mañana mientras leía Cyrano de Bergerac, de entre las hojas del libro se ha caído una tarjeta que hacia de punto de libro, era la de este Hotel. El libro de Rostand, es uno de mis preferidos, el que más, y hacía cinco años que no lo volvía a leer. Yo no creo en las casualidades, así que el azar se convierte en una premonición y causa de mi destino, sé porqué estoy aquí, pero no sé qué me deparará el lugar.

 

Quincy, se sintió como un confidente privilegiado al escuchar las confesiones de Anaïs. Con lentitud abrió el ala de su chaqueta e introdujo su mano en el bolsillo cercano al corazón, y cual prestidigitador sacó un pequeño cuaderno que ofreció a Anaïs.

 

- Lo he escrito estos días en el Hotel imaginándome a una mujer muy especial. Considéralo un obsequio de gratitud por tu sinceridad y confianza hacia mí.

 

Anaïs lo cogió con delicadeza, agradeciendo con una sonrisa aquel ofrecimiento tan generoso leyendo el título impreso de su cubierta, “Cuaderno de Bitácora de una Naviblioteca”.

 

-Hoy tenía pensado ir a la piscina del Hotel, lo leeré con mucho interés. Si me dices en que habitación estás te dejaré una nota de lo que me ha parecido tu cuento. Has encontrado a una lectora ferviente de esos pequeños relatos.

 

Bajó del taburete como si fuera un Tiovivo girando suavemente al final de su recorrido.

 

Quincy la vio alejarse, impotente de decir nada. Le supo a poco aquella pequeña conversación. Reaccionó, -¡sesenta y nueve, sesenta y nueve!- gritó. Anaïs volvió su cabeza en un gesto afirmativo y subió las escaleras hacia su habitación. Quincy, salió del Hotel, necesitaba aire fresco. Frente a él, un autocar habría sus puertas para descargar al numeroso grupo de chicas que debían participar en un concurso de belleza. Con un cigarro en la mano Quincy observaba el ganado con denominación de origen que se le acercaba, Mauritania, Suecia, Corea, Finlandia, Letonia…ampliaciones a escala de Barbies, compuestas de piel, huesos, pelo y silicona. Que poco atractivas y absolutamente negadas de ningún pequeño interés. Una a una, las gallinas desfilaban ante la mirada resignada de Quincy. Después de ver a Anaïs, ninguna otra mujer podría hacerle la menor sombra.

 

Decidió tomar un ligero almuerzo en el pequeño restaurante japonés frente al Hotel. Sus pensamientos seguían uno a uno los segundos que había compartido con la “ferviente lectora de cuentos”. El perfume de Anaïs se había adherido en la parte cerebral del olfato de Quincy, de allí, salía impulsado hacía los conductos sanguíneos que circulaban por todo su cuerpo, pero que combinado con su instinto sexual, muy primitivo y sofisticado al mismo tiempo, produjo una notable excitación de su pene. En la elección del menú, decidió no incluir, almejas con jenjibre, no eran necesarios más afrodisíacos.

 

En la habitación setenta, Anaïs dejaba llenar su bañera mientras se desnudaba, prefirió la intimidad de su baño a la concurrida piscina. Su vestido negro estaba sobre la cama, ella, delante del espejo, se miraba. En el reflejo del cristal sus brazos se escondían tras la espalada, y el sujetador descendía lentamente mostrando unos contorneados senos, después se inclinó para bajarse las bragas, de esas que apenas existen pero cubren en apariencia la desnudez. Se contempló satisfecha. Ninguna parte descolorida de su piel hacía dudar de que sus playas favoritas eran las nudistas. Entró en la bañera con el pequeño cuaderno obsequio de Quincy. Dejó descansar su cuerpo mientras leía cada línea con curiosidad y entusiasmo creciente. El vapor del agua le hacía imaginar que estaba en la zona de máquinas del interior de aquella Naviblioteca. Creyó ser la heroína de aquella fábula, y al acabar, le cayeron lágrimas que se mezclaban con el sudor de su cuerpo hasta fundirse en el agua que la cubría.

 

En ese momento le vino a la memoria una frase de Jean Cocteau: "Lo malo de nuestro tiempo no es la estupidez, pues siempre la ha habido, lo malo, es que hoy la estupidez piensa". Aquel cuento fue para ella la mejor medicina ante la estupidez del mundo.

 

Quincy, saboreaba las trufas de chocolate acompañadas del Sake entre tibio y frio que aún le quedaba. Pagó la cuenta y volvió de nuevo al Hotel ansioso por llegar a su habitación y encontrar alguna nota de su lectora preferida. Abrió la puerta sesenta y nueve mirando al suelo. Gran decepción, ningún papel iba a alegrarle la tarde, la noche y más allá del día. Inquieto, bajó a recepción y preguntó dónde se hospedaba una tal Anaïs. El conserje no tuvo que mirar en su libro de ingresos, recordaba aquel nombre asociado a una bella mujer, la más bella en mucho tiempo que había conocido.

 

- Habitación setenta, señor.- Informó-.

 

Quincy, subió con prisas, impaciente, nervioso. Al llegar delante de la puerta setenta se percató de que era contigua a la suya, casualidad significativa, pensó. Levantó el puño quedándose por unos instantes paralizado. Superada la indecisión golpeó por tres veces la puerta de Anaïs. Ninguna respuesta. Insistió, pero con el mismo resultado.

Segunda decepción. Pensó que tal vez estaría en la piscina, así que entró en su habitación para cambiar su traje de verano por el bañador. Como si imitara los movimientos que minutos antes había hecho Anaïs ante el espejo, Quincy iba desabrochándose los botones de su camisa dejando al descubierto el vello de su pecho, que, aunque poblado, dejaba ver unos pezones ovalados y saludables. Echó sobre su cama la camisa y empezó a quitarse los pantalones, el cinturón primero, un botón y la cremallera dejaron libre la funda de sus piernas. Mientras se miraba en el espejo vio crecer el volumen tras sus calzoncillos negros pensando en Anaïs. Se los bajó y apareció un falo ancho en vaivén que apuntaba al techo. Con su mano sujetando el miembro se dirigió al armario y de un cajón cogió el bañador. Hizo un intento de relajar su erección. No lo conseguía, así que entró en el baño y se masturbó, eyaculando toda la energía que había producido su imaginación. Se lavó y se puso el bañador sin la incomodidad de aparecer ante Anaïs mostrando su prominencia sexual. Una toalla y sus chanclas eran todo su vestuario romano.

 

Como un Marco Antonio, se dirigió a las termas en busca de Cleopatra. Y allí estaba, echada en una tumbona medio dormida, los brazos extendidos y sujetando el pequeño libro en su mano a punto de caérsele al suelo. Quincy se acercó inclinándose para recoger el cuento al vuelo en el preciso momento que Anaïs despertó. Se quitó las gafas negras que le protegían del sol diciéndole:

 

- Adoro los cuentos, y este, especialmente. Lo he leído varias veces, gracias, me ha hecho mucho bien. Por favor, me gustaría que te sentaras a mi lado. Iba a dejarte una nota, pero me he quedado en blanco, dame un poco más de tiempo, ahora estoy demasiado torpe. Pero cuéntame más de ti. ¿Quieres?

Quincy, se sentó cruzando las piernas, dejando la apariencia romana para adoptar la hindú, y se dispuso complacido a confesarse.

 

- Mi vida se llama cincuenta y un años; se deletrea: tesón, voluntad, constancia, duda, reflexión, ilusión; se pronuncia: hombre que se busca a sí mismo; se escribe: arte, creación, sensibilidad, expresión; su idioma: vivir.

Empecé a escribir a raíz de una pasión amorosa, hablándole a mi amada a través de la prosa, la poesía y la ficción.

El animal que soy está protegido de una piel resistente a la erosión exterior, que con el tiempo se ha hecho frágil a los impulsos internos.

Los sentimientos y las pasiones se desataron el día que me embarqué en un navío construido de libros.

Mi imaginación navega nómada, pero cuando amarro en tierra firme soy un árbol que no permite crecer nada a su alrededor. Pero hoy cuando te he visto me ha parecido ver caer una semilla junto a mis raíces y quien sabe si la veré crecer para resistir juntos los vientos que acechan.

Disculpa de nuevo, te he respondido demasiado metafóricamente a lo que debía ser una pregunta muy concreta, ¿verdad?

 

Acariciando la cubierta del librito, Anaïs reseguía con el dedo la “Q” inicial del título.

 

- La “Q” ocupa el lugar de la “C”, como la metáfora sustituye a lo que vemos con los ojos. - Dijo Anaïs-

 

Los ojos de Quincy humedecieron. Se levantó para zambullirse en la azulada piscina mientras Anaïs contemplaba su fibrosa figura. El cuerpo de Quincy, sumergido parecía una pintura impresionista desmembrando en colores un collage de piel y agua. En el interior de la piscina le pareció ver un mundo mágico. Las pequeñas teselas se desprendían de la pared flotando en el agua, algunas se adherían al cuerpo de Quincy convirtiéndose en escamas tornasoladas, y sus piernas se juntaban para formar una cola de pez que lo impulsaba en espiral entre las burbujas que provocaba. En el exterior de ese mundo submarino Anaïs seguía viendo la misma imagen impresionista sin la transformación que vivía su escritor. Quincy-pez, seguía nadando a mayor profundidad, en su inmersión pudo contemplar restos de un navío aterciopelado de verde por el paso del tiempo. Se introdujo en su interior sorprendido por lo extraño de su construcción, que a su vez se asemejaba a la imaginada en su cuento. En su búsqueda encontró la bitácora del barco, y dentro, el libro de navegación, lo rescató con su boca y abandonó los restos de aquel naufragio para subir a la superficie. Anaïs, sorprendida, vio aparecer de nuevo a Quincy con un extraño libro entre los dientes, su cuerpo ya no tenía escamas y sus dos piernas se movían con total libertad en el agua. Ella se acercó al borde de la piscina y tomó el libro que él le ofrecía.

 

Esperó a que saliera del agua, se sentaron juntos sobre el césped que rodeaba la piscina y abrieron aquel libro misterioso atado con unas cintas de piel, protegido milagrosamente del lógico deterioro que supone el paso del tiempo y la agresión marina. En la primera hoja apareció un dibujo extraño, era una especie de delfín mucho más largo que los que se conocen, de color naranja-amarillo-blanco, y manchas negras de pequeño tamaño en la zona de la espina dorsal. Los ojos rasgados le conferían un aspecto de velocidad en su rostro. Pero lo más extraño eran dos pequeños brazos, con manos, en las que se apreciaban cuatro dedos en cada una de ellas. Semejante animal hizo dudar de la veracidad de aquel libro de navegación como documento creíble que reflejara las vivencias reales de algún viaje marítimo. Pasaron a la siguiente página que estaba rellena de gráficos y signos irreconocibles para ellos. Siguieron pasando hojas sin reconocer ninguno de los caracteres que aparecían. Así, una tras otra, las páginas de aquel manuscrito frustraban cualquier comprensión literaria. En el grupo de hojas escritas que iban pasando apareció una reproducción fotográfica en la que se veía a una pareja, hombre y mujer, él mayor que ella, vestido con amplios pantalones, abrigo de piel, y unas botas de punta pronunciada. Con el brazo sobre los hombros de ella, parecía protegerla con cariño del aparente frío que uno imagina al ver tras ellos unas montañas nevadas, a pesar de la luz solar que los iluminaba. Ella, rodeaba la cintura de él. La cubría una capa con cuello alto. Sus botas escondían unos pantalones de pana y en su cabeza llevaba un gorro de lana en franjas naranjas, amarillas y blancas. El parecido de sus caras sorprendió a ambos. Se miraron, y reconocieron a la pareja de aquella imagen como a si mismos.

Por unos instantes hicieron un alto en la inspección del libro. Quincy cogió la fotografía y miró en el dorso donde escrito a mano, leyó: “Deseamos mucho veros. Aunque hace mucho frío estamos en una confortable casa de madera, muy bien acondicionada y como veréis nuestra ropa no deja apenas ver nuestra cara de lo abrigados que vamos. Somos felices, nos queremos como el primer día. Pero la mejor noticia es que esperamos un bebé, aún no sabemos si será niño o niña, no nos importa. Sigo escribiendo mi libro, a veces es como si mi mano la dirigiera otro ser más capacitado que yo, en fin, no puedo creer que toda esa imaginación salga de mi cabeza. Anaïs es feliz terminando los estudios de Historia del Arte, y por cierto, está esculpiendo unas figuras hermosísimas. Os queremos. Muchos besos y un fuerte abrazo desde Vancouver.”

Quincy reconoció su propia firma al final del escrito, al igual que Anaïs la suya. Y lo más sorprendente, la letra también era la de él.

Se volvieron a mirar extrañados, no sabían que decir, ni cómo salir de aquel impacto tan enigmático. En aquel instante salió propulsado del agua un enorme pez de gran parecido al dibujo del libro que habían visto. Se abalanzó sobre ellos, cogiéndolos con sus extraños brazos, atrapados en sus manos y entre sus ocho dedos se elevaron por encima del edificio atravesando la ciudad hacia el mar y viajando a través del océano en dirección al Este. Anaïs sujetaba el libro cómo sintiendo que era su tabla de salvación. Quincy le dirigía una mirada de ánimo y coraje para lo que les pudiera deparar aquella aventura.

 

A pesar de la gran altura a la que volaban, aquel pez híbrido que se impulsaba con unas pequeñas aletas, transmitía a través de sus manos el calor necesario a los cuerpos de sus rehenes que tan solo llevaban puesto el bañador. En la larga travesía avanzaban con gran rapidez, tanto que en tan solo veinte minutos ya sobrevolaban la isla de Terranova, dejando atrás la Bahía de Hudson y el lago Winnipeg en menos de dos minutos y acercándose a las Montañas Rocosas para llegar en otros dos minutos a la Isla de Vancouver.

El pez volador, descendió en un alejado lugar de toda civilización existente. Se detuvo en alto, dejando libres a sus rehenes con suavidad sobre una playa desierta de finísima arena y cristalinas aguas donde desapareció dejando un rastro de oleaje burbujeante.

 

Anaïs y Quincy, absolutamente desconcertados pero con determinación empezaron a caminar hacia el interior de aquel paraje tan singular, dejando atrás rocas, maleza, árboles, plantas exóticas, dunas y pinares, era una mezcla de vegetación de varios continentes. De pronto, entre unos matorrales, apareció el hocico de un pequeño cachorro, un perrito de pelo desordenado, encrespado, de color gris, ojos negros como el azabache, moviendo su colita, dando muestras de alegría por encontrar algún ser vivo en aquel lugar lleno de vida vegetal pero sin rastro de calor animal. Anaïs se acercó con ternura cogiendo al pequeño perrito que apenas tendría unas pocas semanas de vida.

Quincy, observaba el profundo cariño que Anaïs mostraba con el animalito, y cómo le hablaba, parecía conocerlo de toda la vida, le era tan familiar que incluso pronunció su nombre, -¡Teniente Bluebarry!- ya que el animalito reaccionó con mayor actividad corporal y entusiasmo, lamiendo con entusiasmo el rostro de Anaïs.

 

Aprovecharon aquel encuentro en adopción para hacer un pequeño descanso y reflexionar sobre lo que les había pasado y la situación en la que se encontraban. En primer lugar sus indumentarias les parecían cómodas, ya que hacía calor, pero andar descalzos era difícil en según que terreno. Así que con la habilidad de Quincy y el toque artístico de Anaïs consiguieron hacer unas sandalias de lo más chic. En el camino encontraban frutas, incluso dátiles y frutos secos que rompían con alguna piedra. Convertidos en Robinsoe Crusoes, tenían la esperanza de encontrar algún signo de civilización. Tras algunas palabras cruzadas de estrategia a seguir, Quincy miró con ternura a Anaïs y acercándose acarició su rostro y le besó en los labios. Ella le sonrió, se levantaron y siguieron en camino, detrás, el Teniente Bluebarry les seguía con entusiasmo.

 

Por fin divisaron lo que parecía una ciudad, quedaba aún muy lejos y anochecía. Veían cómo poco a poco iban encendiéndose las luces mientras se escondía el sol tras las montañas que servían de escenografía.

 

-¿Crees que todo esto es un sueño? preguntó Anaïs-

 

- Si es un sueño, es que se ha convertido en realidad. Acaso no esperabas encontrar a alguien especial, bien, estás viviendo algo especial. Y te aseguro que aún no tengo poderes mentales para hacer real los sueños de mis libros. Ya sabes, la realidad supera la ficción, y creo que este, es el caso que nos ocupa. Por cierto, no has dejado el libro ni un solo momento, incluso al abrazar a “Teniente”. Me gustaría seguir hojeándolo.

 

- Está oscureciendo rápidamente, tendríamos que llegar a la ciudad, no es momento para detenernos. -Comentó, Anaïs-

 

- Tienes razón, sigamos.

 

De pronto oyeron los ladridos de “Bluebarry”. Estaba delante de una obertura en el suelo de unos tres metros de diámetro. Daba vueltas y se paraba siempre en el mismo punto sin dejar de ladrar.

Quincy y Anaïs se acercaron donde estaba el perrito. Intentaban ver algo en aquel oscuro pozo sin fin cuando notaron cómo temblaba la tierra y empezaba a surgir una pequeña humareda de aquel agujero negro. El ”Teniente Bluebarry” huyó despavorido mientras Quincy y Anaïs se estremecían, mirándose sin saber que hacer. La tierra empezó a abrirse en una grieta que aparecía a ambos lados del negro agujero. Ambos perdieron el equilibrio, se sujetaron las manos pero el suelo que pisaban se separó haciéndolos caer en el vacío.

 

Anaïs, seguía sujetando el libro de bitácora, éste, durante la caída, empezó a aumentar de tamaño, al instante aquellos dos cuerpos que se mantenían unidos por las manos reposaban sobre la enorme cubierta de piel del libro, que en su afán de engrandecerse quedó atrapado entre las paredes de aquel cráter. La caída al vacío se detuvo milagrosamente gracias a la transformación mágica de aquel misterioso cuaderno. Un tanto sobrecogidos, Quincy y Anaïs, pensaron que nunca podrían salir de allí. Pero no se encontraban solos, “Teniente Bluebarry” había vuelto, vencido el primer miedo y la consiguiente huida del lugar no podía ignorar a los que se habían constituido en sus protectores. Dio varias vueltas con nerviosismo alrededor de aquella dramática obertura, se paró y con ladridos de angustia intentaba llamar la atención de cualquiera que pudiese oírle. En una rápida reacción y cierta clarividencia, se dirigió hacia las luces que creyó habitarían gentes a quines indicarles el camino para ayudar a sus padres adoptivos. “Bluebarry”, no tuvo que alejarse mucho, al subir una pequeña colina, vio, junto a un lago, una casa de sencilla construcción, de piedras ocres procedentes del entorno, con un porche sujeto por cuatro pilares y un toque de blanco en el marco de ventanas y puertas, todo en limpia austeridad, más propio de un entorno Balear que de un clima frió, cómo el que señalaban las montañas nevadas en la lejanía que escondían el horizonte de aquellos parajes.

 

Se acercó husmeando alguna presencia humana que no tardó en descubrir. A la orilla del lago, había un joven de aspecto meditativo, leyendo a la sombra de un nogal.

 

“Teniente”, empezó a ladrar a medida que se aproximaba al bien hallado socorrista. Éste, se giró exaltado por aquellos ladridos, pero al ver al aparentemente inofensivo perrito se tranquilizó levantándose y cerrando el pequeño libro. Al inclinarse para sujetarlo, Bluebarry, lo esquivó revolviéndose en la dirección de la que venía. En repetidos movimientos de acercamiento y retirada intentaba comunicarle que le siguiera. Aquel joven, supo entender los signos con los que se expresaba nuestro pequeño mensajero, le siguió tan rápido como podía, hasta que Teniente Bluebarry se detuvo junto al cráter. El chico se acercó con cautela y gritó -¿Hay alguien ahí abajo?- Quincy y Anaïs al unísono respondieron con entusiasmo. -Ayúdenos por favor, no podemos salir-.

 

-No se preocupen, vuelvo enseguida con unas cuerdas. -Les contestó-.

 

Se dirigió a su casa dónde tenía aparcado su coche, dejó en la guantera el libro que aún tenían en sus manos y del garaje sacó unas cuerdas que introdujo por la ventanilla trasera del auto. Subió y puso en marcha con rapidez el motor. Cuando llegó al lugar dónde lo había llevado “Teniente”, que seguía ladrando con insistencia, bajó del coche advirtiendo a nuestros esperanzados protagonistas de aquel suceso, que se echaran a un lado para no ser golpeados por las cuerdas. Ató un cabo de ellas al coche, mientras Quincy con el otro extremo se lo enrollaba a la cintura. Anaïs se subió a sus espaladas y esperaron a que su socorrista empezara a mover el coche con lentitud. Poco a poco, los improvisados escaladores iban acercándose al exterior de aquel agujero. Anaïs abrazaba a Quincy sintiéndose protegida y al mismo tiempo deseando besarle, pero se abstuvo. Al llegar al terreno llano, donde les esperaba gozoso Bluebarry, Anaïs besó con entusiasmo el cuello de Quincy. Éste se quitó las cuerdas y abrazó a Anaïs mientras “Teniente” se unía a ambos con impaciente alegría. El joven socorrista bajó del coche y se acercó al grupo interesándose por su estado y proponiéndoles llevarlos a su casa. Quincy agradeció su ayuda con un abrazo, haciendo lo mismo Anaïs.

 

- El auténtico salvador, es él. -Señalando a “Teniente Bluebarry”-.

 

Anaïs, cogió al perrito estrechándolo en su pecho, mientras Quincy los abrazaba. Después, subieron al coche. Cansados, pero contentos, preguntaron al joven conductor dónde se encontraban.

 

- En la isla de Vancouver, por supuesto. -Les respondió extrañado -. Por cierto, me llamo Humberto.

 

- Quincy, y ella, Anaïs, y no nos olvidemos de Teniente Bluebarry. -Dijo mirando la carita enternecida del perrito -.

 

- Tendrán que explicarme muchas cosas, pero primero una buena ducha y algo de comer, ¿acierto?

Quincy y Anaïs, sonrieron dándose la mano.

 

El coche se detuvo delante de la casa. Humberto abrió la guantera y cogió el libro que estaba leyendo. Quincy creyó reconocer aquel pequeño librito de tapas amarillas y un título que llenaba gran parte de ellas. Fue demasiado rápido para observarlo mejor, pero tuvo un ligero impacto visual que creyó equivocado, no podía ser el mismo librito que había regalado a Anaïs en el Hotel. Se bajaron del coche y entraron en la casa.

 

- ¿Me permitís que os tutee, verdad?

 

- Claro, podrías ser nuestro hijo.

 

- De unos padres muy jóvenes.

 

Todos sonrieron mientras se dirigían a la derecha de la estancia.

 

- Esta es vuestra habitación, papás. -señaló Humberto-.

 

Quincy y Anaïs se dirigieron una mirada cómplice que ocultaba su estado civil.

 

- Bueno, supongo que sois pareja. Por otro lado no tengo otra habitación.

 

- Sí, sí, desde luego, -Se apresuró Anaïs - estaremos muy cómodos aquí, gracias Humberto.

 

Quincy, le hizo un guiño a su pareja de mus.

 

- En el armario tenéis toallas y algo de ropa, era de mis padres, espero que os vaya bien. Mientras os ducháis, -señaló una puerta medio abierta que había a su lado- preparé una buena cena, ¡Ha! Y mi cocktail favorito.

 

Mientras decía estas palabras, chasqueaba sus dedos indicando a Teniente Bluebarry que le siguiera a la cocina.

 

- Y para ti tengo una lata de gourmet canino que te chuparás las pezuñas.

 

- Ve tu primero al baño. -Le dijo Quincy a Anaïs-

 

- Las parejas se duchan juntas, -le respondió sonriendo- si no, podría sospechar algo nuestro hijo.

 

Quincy cogió unas toallas y tomó la mano de Anaïs llevándosela al baño.

 

Entraron en el cuarto de baño y Anaïs abrió el agua caliente de la bañera. Necesitaba relajarse en un buen lecho de agua que meciera su cuerpo. Quincy se acercó a ella, puso sus manos en los hombros de Anaïs y deslizó con lentitud los tirantes del bañador que llevaba puesto. Ella no se movía, pero su piel empezaba a erizarse en el momento en que su bañador dejaba pechos y nalgas al descubierto. Quincy acompañaba la caída del nylon, agachándose mientras acariciaba las piernas de Anaïs que levantaba sus pies para facilitar la salida de su bañador. Quincy se incorporó y ella se giró para besarle el pecho, y poco a poco se deslizaba sobre el cuerpo de Quincy deteniéndose a la altura de su vientre. Puso sus manos en las caderas de Quincy y sujetando su bañador con garras de felina se lo quito de un tirón. El miembro erecto del varón se abalanzó sobre el rostro de ella por el impulso elástico del tejido que lo cubría. Con la mano derecha Anaïs sujeto el pene y con la izquierda los glúteos de Quincy. Bajó la piel que cubría el glande y este apareció rosado e hinchado. Anaïs acercó sus labios y besó la cúpula que coronaba aquella erección. Con suaves movimientos de vaivén, la mano derecha aumentaba la irrigación sanguínea de aquel músculo ancho y ligeramente curvado que Anaïs terminó introduciendo en su boca. Las piernas de Quincy se endurecían acompañando en dureza a su sexo. Sus manos acariciaban la cabeza de Anaïs y sus dedos se deslizaban entre el pelo negro de su cabellera. Con un ligero movimiento hizo incorporarse a Anaïs. La abrazó y mordió suavemente su cuello, luego, sus manos acariciaron sus pezones erectos. Acercó con habilidad su pene al pubis que escondía un lubricado sexo femenino y frotó entre los labios vaginales aquella polla ardiente. Las piernas de Anaïs cedieron de debilidad tras el orgasmo que tuvo. Quincy la sostuvo, y cogiéndola en brazos la llevó hasta la bañera dejándola sumergida en el agua, que casi había llenado en el transcurso de aquel juego sexual, la cavidad blanca de aquel lecho. Quincy se introdujo a su lado y ambos dejaron descansar sus cuerpos en el cálido elemento líquido que los cubría cual sábana de seda transparente.

Entraron en un profundo sueño.

Se despertaron al oír unos golpes en la puerta de la habitación número 70. - ¡El desayuno del hotel, señorita Anaïs!- Anunció una voz con claridad. Anaïs y Quincy se miraron, cada uno intentaba diferenciar la realidad del sueño. Para Anaïs, los últimos golpes anteriores al anuncio del desayuno fueron los tres de Quincy cuando se presentó en su habitación y ella estaba en la bañera. Ambos recordaban, leyendo en los ojos del otro, cada instante, ella vestida con la tolla abriendo la puerta, él, sonriendo, cómo se abrazaron y jugaron a desvestirse, cada caricia, sus besos, el torbellino sobre la cama, sus jadeos y exclamaciones de placer, la pasión de dos seres que se deseaban, y terminaron amándose. Y luego, exhaustos, adormecidos en sueños con extraños animales, países lejanos, personajes familiares -incluido el perrito Bluebarry-, para terminar en un sensual baño y otro sueño, y nuevo despertar. ´

 

  • Más tarde, por favor. - Contestó Anaïs-.