CARLA

 

Andaba despacito, silenciosamente, con mucho cuidadito de no pisar ninguna de las hormiguitas que cruzaban por su camino. Se detuvo, agudizando su oído le pareció oír su nombre a lo lejos. ¡Carla, Carla! El eco se llevaba su nombre, lejos, muy lejos.

En ese espacio de tiempo, distraída, oyendo, escuchando, una hormiguita se le había subido por el zapato alcanzando sus calcetines a punto de cosquillear sus piernas. Carla se agachó, puso su dedo delante de la hormiga para alzarla más cerca de sus ojos y contemplar tan minúscula creación divina. Pero la hormiga se resistía, desviaba su trayecto evitando el dedo de Carla. Ella insistía, pero en vano. La hormiga consiguió esconderse entre las faldas de la niña. Carla se incorporó para levantarse la falda y localizar a aquel insecto huidizo y aventurero. Del muslo pasó al entremuslo, de allí enfiló el glúteo y siguió por la espalda erizando la piel suave y aterciopelada de la niña. Carla, abandonó su falda para descotarse la blusa que escondía a la hormiga que seguía subiendo por la dermis femenina. Llegó hasta la cabellera negra de la niña. Por un momento, Carla, dejó de notar aquellas patitas tan insignificantes pero que le hacían vibrar todo su cuerpo a cada paso frenético de la hormiguita. Sacudió su pelo en un intento de desprenderse del animalito. Volvió a quedarse inmóvil teniendo a flor de piel su sensibilidad dérmica. Había desaparecido la hormiguita. Carla miró al suelo, una línea de hormigas dibujaba en el terreno su nombre, Carla.