AURORA

 

La pequeña Aurora, una sonriente niña de grandes ojazos, como queriendo observarlo todo en este mundo, con amplios labios para dejar salir de sus cuerdas vocales sus palabras de sabia comprensión, pequeña nariz para acercarse muy cerquita a las esencias de la vida, y discretas orejitas para oír nada más que lo necesario, era la más admirada de sus compañeras de colegio. Siempre tenía un comentario de ánimo para las más entristecidas, una advertencia seria para las más inconscientes, una deseo de superación que exigía a las más capacitadas, y la mayor gratitud cuando era ayudada en los más mínimos detalles de su vida diaria. De la misma manera, ella correspondía ayudando cuando era necesario a sus compañeras.

Pero sobretodo, lo que más apreciaban sus amigas era su capacidad para imitar a los profesores y maestras de la escuela. Era tan divertida que a su alrededor las niñas se revolcaban en el suelo con las carcajadas que les producía.

Un día, estando en el recreo imitando al profesor de literatura, fue sorprendida por el mismo profesor. Éste, que tenía mucho sentido del humor, se rió sonoramente ante la sorpresa de todas las niñas que sostuvieron sus carcajadas por unos instantes presas del pánico ante la presencia del docente. Aurora, enrojeció, pero enseguida comprendió que la actitud del profesor era una muestra de complicidad a su inocente y divertida travesura.

Ovidio, que así se llamaba el maestro, le propuso gastarle una broma a la maestra de religión.

Aurora aceptó maliciosamente la idea de Ovidio.

Al día siguiente, durante el descanso de los profesores y profesoras, Ovidio se dirigió a Milagros, la maestra de religión, y le dijo que había experimentado cómo se le apareció Dios para dotarle de la capacidad para desdoblarse en un espíritu flotante. La incrédula maestra, se rió despectivamente. De repente escuchó la voz de Ovidio en la sala contigua a la que se encontraban. Sorprendida, corrió para abrir la puerta sin ver a nadie.

Volvió a la habitación donde se encontraba Ovidio y de nuevo escucho su voz que procedía del mismo lugar que antes. Andrea se había escondido detrás de unos abrigos que colgaban de unas perchas en la pared, imitando la voz de su profesor de literatura. Milagros, se arrodilló ante Ovidio y le pidió disculpas por reírse de su divino don. Ovidio la levantó cariñosamente diciéndole que la fuerza imaginativa de la literatura había vencido la frágil superstición de la religión.